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Podcast · EP 0013 oct 202629 minopinión

La brecha digital

Episodio cero. Qué es Press Any Key y por qué la brecha digital ya no es lo que era: parquímetros, lavadoras, pantallas táctiles y la exclusión convertida en servicio.

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Episodio cero de Press Any Key: la presentación del programa y el primer tema.

Empieza con un repaso a las noticias de la semana: DigitalOcean retira créditos gratuitos a proyectos de código abierto y Gentoo pide ayuda para su infraestructura; Finlandia para obras en dos centros de datos de Google y la Agencia Espacial Europea busca reducir el impacto de los satélites en la observación del cielo; Google presenta un asistente de reuniones que procesa en el propio dispositivo mientras LibreOffice decide no incorporar IA por defecto; recortes en Flock, la carta de tres investigadores despedidos de OpenAI y las declaraciones de Sam Altman sobre los modelos abiertos; y el modelo de Anthropic que envió una pista inventada a la policía durante una evaluación.

Después, el tema: la brecha digital ya no consiste en tener o no internet. Consiste en parquímetros que parecen un escape room, pantallas táctiles pensadas para dedos de hada, lavadoras con jeroglíficos, el mito del nativo digital y una exclusión que se vende como progreso.

El artículo que acompaña a este episodio desarrolla el tema con todas las fuentes y referencias.

Transcripción

00:00 · Cold open

Habrá que ir empezando, ¿no? Esto es Press Any Key. En Press Any Key desbrozamos el mundo del software y la tecnología en general para que elijas bien a qué dedicar tu tiempo, tus proyectos y tu futuro. Aunque casi siempre me toque criticar lo que todo el mundo aplaude. Hola, soy Lino y te doy la bienvenida al episodio cero de este invento. Aquí vamos a hablar de tecnología, de software, de gestión empresarial, de tratar con personas humanas, de gatos, porque todos sabemos quién manda en internet, y sobre todo de cómo esto te afecta en el curro y en tu carrera. Y hechas las presentaciones, vamos al jamón.

01:09 · Noticias

Esta semana los asuntos del sector tecnológico y científico parecían estar bastante tranquilos. A lo mejor es que todos esperaban un fin de semana largo y había pocas ganas de sembrar polémica. No hemos tenido noticias de ningún dispositivo que prometa sustituir al móvil, al ordenador y a tu cuñado. Ni falta que hace. En cuanto juntas unas cuantas noticias aparece un tema bastante entretenido. Las empresas tecnológicas siguen vendiéndonos autonomía, libertad y progreso. Y mientras llega, alguien tiene que pagar los servidores, comprobar los permisos para que la cosa no se desmadre y localizar el botón de apagar. Empezamos con DigitalOcean, una empresa que alquila servidores y otros servicios de cloud y que está retirando créditos gratuitos a varios proyectos de código abierto. Estos créditos permitían que los mantenedores de esos proyectos alojasen sus servicios sin tener que pagar toda la factura. Ahora, algunos han recibido el aviso de que esa ayuda se termina. No significa que sus proyectos vayan a cerrar, pero sí que tendrán que buscar dinero o mudarse. Y migrar servidores no suele ser la actividad que uno escoge para relajarse un domingo. Además, parece que Gentoo, una distribución de Linux conocida por permitirte adaptar el sistema con bastante detalle, también ha perdido patrocinadores y está pidiendo ayuda. Y no solo dinero, le valen servidores, máquinas virtuales, equipos donados o espacio donde alojarlos. Porque mantener una distribución requiere infraestructura, aunque tú no recibas una factura cuando te la descargas. No tengo pruebas de que ambos casos estén relacionados, pero juntos recuerdan algo que se nos suele olvidar con bastante facilidad. Software libre no significa electricidad libre, servidores libres y mantenimiento realizado por duendes. Puedes compartir el código, puedes regalar tu tiempo, pero cuando llega la factura del alojamiento, el proveedor tiene una preocupante falta de sensibilidad hacia la belleza de la colaboración humana. Y aquí está el problema. Si una parte de la infraestructura depende de que un patrocinador siga de buen humor, la estabilidad del proyecto también depende de su humor. El código puede ser abierto, la cartera generalmente bastante menos. Seguimos con infraestructura, porque la nube, por mucho que la dibujemos como una nubecita adorable, está en edificios que ocupan terreno. En Finlandia, el regulador que se ocupa de evaluar si centro de datos sí o centro de datos no, ha exigido detener determinados trabajos en dos futuros centros de datos de Google. Hay problemas con las evaluaciones ambientales y con actuaciones que modifican el entorno, incluida la retirada de un bosque. Ojo, no han cancelado definitivamente los proyectos. Han ordenado parar esas actuaciones mientras se cumplen los requisitos, que es bastante distinto, aunque dé para un titular menos apocalíptico. Y mientras unos miran lo que ocurre en el suelo, otros miran hacia arriba. La Agencia Espacial Europea ha acordado colaborar con una organización internacional de astrónomos para reducir el impacto de los satélites sobre la observación del cielo. El problema tiene dos caras, la luz que reflejan y las interferencias de radio que pueden afectar a las observaciones. La idea es incorporar soluciones desde el diseño de las misiones antes de lanzar los aparatos, no prohibir todos los satélites ni organizar una recogida orbital de firmas. Estas dos noticias, aunque parezcan separadas, hablan de lo mismo. Tu infraestructura no existe en una burbuja. Si construyes en la Tierra, hay un entorno que respetar. Si lo lanzas al espacio, también hay gente intentando estudiar lo que queda detrás. Estamos construyendo el futuro es una frase estupenda para un PowerPoint. Como permiso de obras, parece que todavía no sirve, y menos mal. Quizás sea mejor estudiar los efectos antes de desplegarlo todo, por aquello de que rectificar un diseño sobre una mesa resulta un poquito más cómodo que llamar a un satélite y pedirle que baje un momentito. Vamos con dos respuestas distintas a la fiebre de añadir inteligencia artificial a cualquier aplicación que tenga un botón. Google ha presentado AI Edge Foresight. Quédate con la función, que el nombre parece la contraseña del wifi de una conferencia chachipiruli. Este producto es un asistente de reuniones que puede transcribir conversaciones, preparar notas y responder preguntas utilizando procesamiento en el propio dispositivo, incluso sin conexión. La gracia está ahí, realizar ese trabajo sin depender necesariamente de enviar la conversación a un servidor remoto. Ahora bien, procesamiento local no es un certificado mágico que diga que ningún dato sale jamás del dispositivo. Para afirmar eso hay que revisar las funciones, los permisos y las políticas del producto. La letra pequeña sigue existiendo, aunque el modelo se haya mudado a tu ordenador. Y entonces aparece LibreOffice, la suite de ofimática de código abierto con procesador de textos, hojas de cálculo y presentaciones, que ha tomado otro camino. Dicen que no planea incorporar IA en la configuración predeterminada, citando la privacidad. Eso no significa prohibir extensiones ni impedir que la uses por tu cuenta. Significa que no te la coloca de entrada. Uno te propone, la IA trabaja aquí, el otro, la IA no entra si tú no la buscas. No son la misma solución, pero las dos ponen sobre la mesa una palabra que a veces desaparece de los discursos sobre innovación, que es elegir. Y tiene su punto que hayamos llegado a una época en la que puedas anunciar como característica de un procesador de textos que te deja procesar textos. Sin asistente, sin una conversación previa, sin preguntarte cómo te sientes respecto al párrafo. Tú escribes, él guarda. Una relación bastante sana. Ahora viene el bloque empresarial, donde el discurso sobre el bien común se encuentra con las decisiones internas. Flock, una odiosa empresa de tecnología de vigilancia, ha anunciado recortes de plantilla en un contexto de crecientes protestas por cuestiones de privacidad. Las dos cosas, despidos y protestas, coinciden, pero no tengo información suficiente para decir que las protestas hayan causado por sí solas los despidos. No voy a rellenar el hueco porque me encaje bien en el relato. Aunque no me dolería lo más mínimo que esa empresa se fuese al carajo. En OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, el conflicto es otro. Tres investigadores que fueron despedidos han publicado una carta en la que denuncian que la compañía antepone sus intereses a la seguridad y que esos despidos generan miedo a hablar. La empresa responde que hubo infracciones en el manejo de información sensible y una ruptura de confianza. Tenemos versiones enfrentadas. No hay una investigación pública que permita dar por resuelto quién tiene razón. Y en medio de todo esto, Sam Altman, el máximo responsable y bocachancla supremo de OpenAI, ha defendido en una entrevista que la sociedad tendrá que aceptar algunos incidentes de ciberseguridad bastante graves a cambio de la libertad que proporcionan los modelos abiertos. Por modelos abiertos, aquí nos referimos a aquellos que otros pueden ofrecer y utilizar fuera del servicio cerrado de un fabricante. También pidió estándares, responsabilidad y publicación de incidentes, así que no sería justo resumir su postura como que arda todo pero que sea innovador. Aun así, la frase da para pensar después de decir mentalmente no me jodas. Porque hay que asumir riesgos es una afirmación bastante cómoda mientras no concretemos quién los asume. La empresa que lanza el producto, el trabajador que levanta la mano y dice que algo no está bien, la persona afectada por un sistema de vigilancia o el tercero al que le toca arreglar el estropicio. Estas noticias no forman una única conspiración ni tienen una causa común demostrada, pero permiten hacer la misma pregunta desde varios ángulos. ¿Cuando una empresa habla del riesgo que debe aceptar la sociedad, está incluyendo también el riesgo que va a aceptar ella? Porque repartir beneficios y repartir consecuencias son dos reuniones diferentes, y sospecho que la segunda suele tener menos asistentes. Terminamos con el caso más ilustrativo de la semana. Anthropic, la empresa que desarrolla Claude, ha reconocido que uno de sus modelos envió una pista inventada a la policía sobre un homicidio sin resolver. Ocurrió durante una evaluación. El modelo llegó a una página del caso, rellenó el formulario y afirmó disponer de información que no tenía. El envío fue marcado como correo basura y no llegó a los investigadores. El incidente sucedió en julio y se ha hecho público ahora. No fue una acción ocurrida esta misma semana. Es importante contar las dos partes. Hubo una acción real sobre un servicio real, pero no desencadenó una investigación policial falsa. Y no hace falta atribuir la intención criminal al modelo para ver el problema. Estaba realizando una prueba. Pero el formulario de la policía no era de prueba. El botón de enviar tampoco. En el mismo informe, Anthropic reconoce otros casos en los que sus modelos sortearon restricciones o aprovecharon vulnerabilidades para completar tareas. Uno de ellos llegó a ejecutar comandos en un servidor ajeno. La empresa describe el impacto real como mínimo, pero ha ampliado la retirada de acceso a internet en directo a sus evaluaciones internas hasta verificar que los controles funcionan adecuadamente. Aquí aparece una diferencia fundamental entre un chatbot y un agente. Si el chatbot inventa algo, te devuelve un texto incorrecto. Si además tiene herramientas y permisos, puede enviar ese texto, acceder a un servicio o ejecutar una acción. La equivocación deja de ser únicamente en la pantalla. Y justo esta semana, Satya Nadella, el máximo responsable de Microsoft, en un alarde de cordura ha propuesto diseñar estos sistemas asumiendo que el modelo podría estar comprometido desde el principio. No está diciendo que todos los modelos hayan sido hackeados. Está planteando una forma defensiva de construir el sistema. Controles fuera del modelo, registros verificables y capacidad de detenerlo mientras trabaja. Dicho sin tapujos, esto viene a ser, no le confíes al agente la tarea de vigilarse a sí mismo. Darle autonomía no obliga a darle todas las llaves. Y pedirle por escrito que se porte bien no sustituye a limitar lo que puede hacer. Porque, se lo hemos explicado muy claramente en el mensaje de instrucciones, queda preciosa en una demostración. Como control de seguridad, inspira más o menos la misma tranquilidad que una puerta blindada con un cartel que diga, por favor, no entrar. Cuando me entero de estas cosas, de agentes desbocados y descontrolados haciendo el mal, tiendo a pensar que el día que explicaron en la uni el principio de mínimo privilegio a la hora de implementar un sistema, toda esta gente faltó a clase y probablemente estaban dándole fuerte a ciertas sustancias. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Así que la semana no nos deja una gran revolución, sino a lo mejor algo más útil. Varias empresas y organizaciones enfrentándose a la parte menos vistosa de la tecnología. Pagarla, convivir con ella, elegir cuándo usarla y poner límites a lo que puede hacer. Todo eso que no cabe también en el vídeo promocional con musiquita uplift corporativa. Quizás es buena idea pensar un poquito antes de hacer cosas, ¿no?

11:43 · Introducción al tema: la brecha digital

Hoy me gustaría hablar de algo que en teoría no debería necesitar episodio, porque en teoría está todo resuelto. Nos han vendido que la tecnología ya lo ha arreglado todo. Todos tenemos un móvil, todos tenemos internet, todo es más fácil, más rápido, más inteligente. O eso nos dicen. Yo trabajo en tecnologías informáticas. No soy un analfabeto tecnológico. No entro en pánico al ver una consola, una ventana negra fea y hostil. Y he convivido con suficientes sistemas absurdos como para desarrollar una mezcla de paciencia clínica y cinismo a escala industrial. Y aun así, cada vez tengo más claro que gran parte de lo que llaman transformación digital consiste en esencia en coger cosas que funcionan razonablemente bien, complicarlas hasta el absurdo y después culpar al usuario por no adaptarse. Porque esa es la gran trampa del discurso tecnológico contemporáneo. Si no entiendes el aparato, el problema eres tú. Nunca es el producto. Nunca es culpa del fabricante. Nunca es culpa del iluminado que decidió que para poner una lavadora había que navegar por una interfaz que parece concebida por alguien que odia profundamente a los seres humanos. Hoy vamos a ver por qué la brecha digital ya no es lo que era, qué grupos concretos la están sufriendo más y por qué casi nadie que toma decisiones sobre diseño tecnológico parece haberse dado cuenta de nada. El artículo completo que complementa este episodio está en la web pressanykey.tech, con todas las fuentes y referencias. Si quieres curiosear más, ya sabes dónde buscar. Te dejo todos los links, además, en las notas del episodio.

13:13 · La brecha digital que ya no cabe en un eslogan

La brecha digital que aprendimos en los años 90 era una cosa bastante simple de explicar. Había gente que tenía ordenador e internet y gente que no tenía ninguna de las dos. Eso era fácil de medir, fácil de poner en un informe, fácil de usar en un eslogan institucional con fondo azul, porque todos sabemos que azul es tecnología y cosa moderna, y con la foto de un señor mayor mirando una pantalla con ilusión. El problema es que esa versión ya no cuenta la historia completa. La brecha digital actual es otra cosa mucho más jugosa y mucho más puñetera. Consiste en que cada vez más objetos, servicios y trámites cotidianos están diseñados como si toda la población tuviera visión perfecta, motricidad fina, paciencia infinita, comprensión lectora alta, tiempo de sobra y ganas de hacer un máster para aparcar el coche o calentar la cena. Esto es lo que ha cambiado en la actual brecha digital. No es solo quién tiene acceso a internet, es quién puede usar lo que hay en internet sin sufrir, sin ayuda y sin quedarse fuera.

14:12 · El parquímetro y la experiencia mística

Te voy a hablar sobre un ejemplo personal, que creo que ilustra mejor que cualquier estadística lo que estoy intentando contarte. La primera vez que usé uno de esos parquímetros modernos que supuestamente vienen a facilitarte la vida, tuve una pequeña experiencia mística. Y cuando digo mística, quiero decir que estuve a punto de abandonar el cuerpo, bajar a los infiernos, robar una antorcha de la caldera de Pepe Botero y pegarle fuego a algo. Uno pensaría que un parquímetro es una máquina con una función muy humilde. Llegas, metes una moneda, pulsas un botón, te escupe un ticket y te largas. Eso sería demasiado intuitivo, demasiado humano, demasiado poco innovador. El parquímetro que me encontré llevaba la firma de un comité formado por un burócrata, un diseñador de videojuegos y un enemigo declarado del concepto de sencillez. Primero había que elegir uno de cuatro botones, pero sin ninguna claridad sobre cuál correspondía a lo que yo quería hacer. Después una confirmación. Después poner la matrícula del coche correctamente. Después otra confirmación. Luego venía el momento moneda. Después esperar. Después confiar en que el ticket saliese. Y si no salía, ya podías empezar a dudar de tu existencia. Porque la máquina no tenía ninguna intención de explicarte si había fallado, si estabas esperando mal o si sencillamente habías ofendido al dios municipal del estacionamiento regulado. Ese fatídico día tardé mucho más de lo que me gustaría admitir en resolver aquel problema tecnológico del que se supone que soy un experto. Una máquina hizo que me sintiese como un verdadero idiota. Ahora imagina a una persona mayor. A alguien con visión reducida. Alguien que nunca ha tenido contacto frecuente con interfaces modernas. O simplemente a alguien que no espera que aparcar el coche se convierta en un escape room patrocinado por el ayuntamiento. Y aquí está el punto que mucha gente no quiere entender. La complejidad no desaparece porque el fabricante diga que es intuitivo. La complejidad solo cambia de sitio. Sale del proceso interno del cacharro y cae sobre el usuario como una losa. El diseñador se queda satisfecho porque ha reducido botones y ha estilizado la carcasa. El de marketing aplaude porque ahora el producto parece premium. Y luego llegas tú, que solo querías ejecutar una tarea banal, y te encuentras negociando con un menú jerárquico que parece escrito por Kafka durante una mala tarde.

16:19 · Dedos de hada y vista de lince

Con la tecnología táctil pasa algo parecido, solo que además hay un componente físico muy concreto. Presupone que todos tenemos dedos de hada y una precisión quirúrgica que ni un neurocirujano japonés. Yo tengo los dedos grandes. Esto, que parece una tontería, se convierte en un problema real cuando usas móviles, tabletas y pantallas táctiles pensadas como si la yema del dedo humano midiera medio milímetro. Pulsas una letra y salen tres alrededor. Quieres cerrar una ventana y acabas aceptando unas condiciones de uso de una empresa de Singapur sin querer. Pero al menos yo sé lo que está pasando. Yo ya doy por hecho que el aparato es hostil y que probablemente me está poniendo trampas. Ahora imagina eso mismo en una persona con problemas motores. En alguien con temblor. En una persona mayor cuya precisión manual ya no es la misma. O más simple aún, en cualquiera que no tenga la paciencia de repetir cinco veces una acción porque el diseñador decidió que el botón útil debía medir lo mismo que una miga de pan. Y luego vienen las charlas sobre inclusión y diseño centrado en el usuario, pronunciadas muy seriamente en conferencias donde nadie parece haber intentado usar una pantalla táctil con artritis, presbicia o los dedos normales de un señor de pueblo que ha pasado su vida trabajando con herramientas de verdad. La presbicia, por cierto, es otra de esas bromas evolutivas que te obligan a replantearte tu relación con la tecnología. Mensajes grises sobre fondo gris claro. Tipografías microscópicas. Contrastes escogidos para castigar a quien aún conserve algo de dignidad visual. Todo muy limpio, muy minimalista y muy elegante. Muy cómodo para Instagram. Muy poco útil para leer algo sin sacar las gafas, buscar mejor luz e inclinar el cuello. Las interfaces modernas, en su mayor parte, han sido concebidas por personas de 30 años con vista de águila y una fe conmovedora en que esa perfecta condición visual será eterna.

18:10 · La secta escandinava del centrifugado

Y luego están los electrodomésticos. Ay, los electrodomésticos. Antes uno tenía una lavadora con una ruleta, unos cuantos programas con texto inteligible y quizás dos botones. Podías ser ingeniero aeroespacial o pastor de ovejas. La lavadora no discriminaba. Lavaba. Fin de la historia. Ahora, en cambio, algunas lavadoras te reciben con una pantalla. Menús, submenús, combinaciones de iconos y terminología pseudocientífica que parece redactada por una secta escandinava del centrifugado. Ves algo que parece una hoja, una nube, una camiseta, una gota, un símbolo que podría ser vapor o un homenaje al arte rupestre. Y tienes que deducir cuál representa algo tan exótico como lavado normal. Todo esto para un aparato cuya misión histórica era meter agua y jabón y dar vueltas. Pero claro, si te ponen tres botones y texto claro, ¿cómo justifican el precio? ¿Cómo te venden la innovación? ¿Cómo te convencen de que necesitas conectividad wifi para lavar los calcetines? Hemos llegado a un punto en el que el diseño sobrio, claro y legible se percibe como atrasado, mientras que una interfaz confusa llena de capas y animaciones innecesarias se vende como avanzada. Es como si en el mundo de la automoción nos hubieran convencido de que un coche es más moderno cuanto más difícil es abrir las puertas. Uy, calla, que eso ya ha pasado, ¿verdad Tesla? Pero la brecha digital no va solo de cacharros,

19:27 · La gallina de granja con smartphone

también va de hábitos mentales. Y aquí tengo que reconocer algo que no me entusiasma demasiado. Desde que tengo menos libros en papel, me noto más vago para leer. Lo noto de verdad. Antes me metía en un libro y aguantaba más tiempo seguido, con más atención y menos tentación de saltar de una cosa a otra. Ahora en cambio, me descubro muchas veces prefiriendo vídeos. Vídeos que para rematar la faena pongo a 2x porque no quiero perder el tiempo. Es decir, he convertido el consumo cultural en una especie de ingestión industrial acelerada, como si el conocimiento fuese pienso y yo una gallina. No creo que esto me haga más listo. Al contrario, creo que me está entrenando para la impaciencia, para la fragmentación y para el picoteo mental constante. Tenemos acceso a más información que nunca, y eso no significa que sepamos más, ni que pensemos mejor, ni que distingamos lo valioso de la basura. Tener una biblioteca infinita en el bolsillo no convierte a nadie en una persona más sabia. Del mismo modo que dormir encima de una caja de herramientas no te convierte en mecánico. Una de las grandes estafas intelectuales de los últimos 20 años ha sido la

20:30 · El nativo digital: la gran estafa intelectual

del llamado “nativo digital”. Esa fantasía pedagógica según la cual los niños y adolescentes, por haber nacido rodeados de pantallas, entienden la tecnología de manera casi orgánica, como los patitos entienden el agua. A mí esto del nativo digital siempre me ha parecido una majadería, y los datos la desmienten, y la experiencia cotidiana la pulveriza. Porque lo que veo en los chavales de mi entorno no es competencia tecnológica. Lo que veo es ignorancia funcional bastante seria en cuanto sales del consumo básico. Manejan el móvil con velocidad, claro, pueden abrir TikTok antes de que tú hayas encontrado las gafas. Pueden mandar audios kilométricos, encadenar vídeos, poner filtros ridículos. Pero si les pones delante de un ordenador la magia se cae bastante rápido. No saben organizar archivos, no entienden carpetas. No distinguen bien entre navegador, sistema operativo, aplicación web y documento local. Buscan fatal, contrastan peor, leen poco, y se fían de la primera cosa que les sale si viene presentada con suficiente seguridad y un par de colores llamativos. Y no es culpa suya, o no solo suya, nadie les ha enseñado. Se ha dado por hecho que ya sabían, que por ser jóvenes absorbían la competencia digital por ósmosis, como si el conocimiento técnico fuese humedad ambiental. Usar WhatsApp no te enseña a redactar un documento. Instalar una app no te enseña a entender un sistema. Ver vídeos todo el día no te da criterio para discriminar información. Lo que tenemos no son nativos digitales. Tenemos consumidores digitales entrenadísimos y usuarios bastante limitados en cuanto se les saca del parque temático de las apps de entretenimiento. Por el otro extremo está el colectivo de mayores,

22:07 · Exclusión como servicio

al cual me dirijo a velocidad de crucero, cosa que siempre me anima mucho. Aquí la brecha digital deja de ser una discusión teórica y se convierte en una exclusión extremadamente cruel. Porque cuando un dispositivo es difícil de ver, difícil de tocar, difícil de entender y es difícil de corregir cuando te equivocas, no está siendo moderno, está siendo hostil. Y esa hostilidad la sufre más quien menos margen tiene para pelear con ella. Hablamos de personas con vista cansada, con temblor, con menor memoria operativa, con menos experiencia previa en menús, mensajes emergentes y flujos absurdos. Personas que no son idiotas ni lentas ni incapaces. Personas a las que simplemente se les impone un entorno diseñado por y para un tipo muy concreto de gente, y luego aún se sorprenden de que no todo el mundo encaje. Lo más perverso del asunto es que esta exclusión suele presentarse como progreso inevitable. Se cierran oficinas, tienes que cobrarte a ti mismo en el supermercado porque ya no hay cajeros, se sustituyen botones por pantallas, se eliminan interlocutores humanos, se digitalizan trámites básicos y después se adorna todo con palabras como eficiencia, modernización y buenos propósitos medioambientales. Muy bonito, muy corporativo, muy de mesa redonda de café y sonrisas. Pero la realidad es que detrás de esa eficiencia suele haber un traslado de coste brutal. Lo que la empresa ahorra en personal, soporte e interfaces claras o atención presencial, lo pagamos los usuarios en tiempo, frustración, dependencia y una buena dosis de humillación cotidiana. Y aquí es donde aparece la verdadera brecha digital, no entre quien tiene fibra y quien no la tiene, sino entre quien puede adaptarse a este delirio de interfaces hostiles y quien no puede hacerlo sin ayuda, sin desgaste o sin quedarse fuera. Hay algo profundamente cínico en la forma en

23:54 · Empoderamiento digital (o el trabajo que te han endosado)

que se vende todo esto. Te dicen que lo digital empodera al usuario. Antes te atendía una persona, ahora haces tú el trámite. Antes había botones claros, ahora navegas por cuatro menús. Antes una máquina tenía una función, ahora tiene 20 y no necesitas 19. Antes el problema de uso era excepcional, ahora es parte estructural de un producto. Y por supuesto, todo esto se vende como avance. Porque si le pones una pantalla a una cosa, esa cosa ya parece mejor. Da igual que haya empeorado, da igual que antes tu abuela pudiera usarla y ahora necesite un nieto de soporte técnico en guardia permanente. Gran parte del diseño digital contemporáneo parece hecho por personas que jamás han observado a un ser humano corriente usar nada. Y cuando digo ser humano corriente, me refiero a alguien que no vive de la tecnología, no disfruta trasteando menús, no lee manuales por deporte y no considera razonable invertir una tarde en averiguar cómo se cambia la fuente de entrada de una televisión. La tecnología buena es la que desaparece. La que te deja hacer

24:54 · Cierre: la tecnología que merece la pena

cosas sin convertirse ella en el acontecimiento principal. La que no exige una ceremonia. La que no te obliga a pensar en el dispositivo más que unos segundos. La que no castiga la edad, la torpeza, la fatiga, la falta de costumbre o simplemente el deseo muy razonable de que las cosas sean claras. Todo lo demás no es innovación. Es ruido revestido de prestigio. Es complejidad innecesaria vendida como valor añadido. Es soberbia industrial. Yo no estoy en contra de lo digital. Eso sería absurdo, además de incoherente en alguien que trabaja en este sector. Estoy en contra de la estupidez con interfaz bonita. Estoy en contra de la sustitución sistemática de lo comprensible por lo aparente. Estoy en contra de que se diseñe para la foto y no para el uso. Y estoy muy en contra de esa condescendencia con la que se trata a quien no consigue adaptarse a productos mal hechos. Como si el fallo estuviera en el usuario y no en el imbécil que convirtió una tarea simple en una peregrinación por menús. La brecha digital no es una metáfora. Es un peaje diario. Lo paga el anciano que no enciende la tele. El chaval que vive entre apps pero no sabe usar un ordenador. La persona con dedos gordos que falla en una pantalla miserable. Quien empieza a ver peor y descubre que el futuro tiene letra con tamaño de 6 puntos. Por supuesto, también lo paga el gato, que solo quería una caja de arena donde hacer sus cosas y ahora comparte casa con un altavoz que le habla. Y también lo pago yo, que me dedico a la informática y aun así a veces miro ciertos aparatos con la misma mezcla de rabia, desprecio y desconcierto con la que se mira una estantería de autoayuda en un aeropuerto. Y mientras tanto, ahí siguen vendiéndonos la moto. Que lo digital es lo mejor, que todo va a ser más fácil, que el usuario está en el centro. Sí, claro, en el centro de la diana.

26:51 · Llamada a la acción

Llega el momento de la despedida, entre otras cosas porque no quiero cansarte con mis movidas y además empieza a rascarme la garganta, que esto de hablar tanto tiene su precio. Es un hasta luego, ojo, es temporal, pero con la amenaza de volver pronto con más historias y reflexiones sobre las cositas y seres que pueblan el mundo tecnológico. Me gustaría recordarte que este es un espacio para la curiosidad, la reflexión y sobre todo para aprender. Espero que lo disfrutes tanto como yo disfruto creándolo y tanto como mi farmacéutico disfruta cada vez que voy a por Lizipaína. Si te apetece, echa una ojeada en mi web, pressanykey.tech, donde tienes mucha más información sobre este tema del que te he hablado hoy y sobre otros igual o más interesantes. Y además puedes ver cómo contactar conmigo por si quieres criticarme un rato.

27:50 · Avance del siguiente programa

En el próximo episodio vamos a estrenarnos ya con un tema fuerte. ¿Por qué nadie quiere mantener tu sistema? O quizás, lo que casi nadie te cuenta sobre trabajar en tecnología. Ya veremos, a lo mejor es otra cosa.

28:04 · Despedida

Gracias por estar al otro lado, por darle una oportunidad a este nuevo invento y por seguir queriendo entender un poco mejor cada día el mundo de la tecnología y el software y las personas que lo hacemos. Soy Lino y esto ha sido Press Any Key. Hasta otra.